Hace tres años, la Fundación Charlene dio inicio a una hermosa misión en las montañas de Caldas, Colombia, respondiendo al llamado de la Iglesia de salir al encuentro de quienes más necesitan experimentar el amor de Dios.
Desde entonces, nuestros misioneros han recorrido caminos de barro, cafetales y veredas alejadas, descubriendo un horizonte de servicio que los ha llevado a convertirse en los pies y las manos de la Iglesia para tantas familias que viven en las periferias.
En este camino siempre han resonado las palabras del recordado papa Francisco, quien decía que prefería “una Iglesia herida por salir a las periferias antes que una Iglesia enferma por encerrarse en sus propias seguridades”. Inspirados por este llamado, la Fundación Charlene ha decidido caminar allí donde muchas veces el Evangelio necesita una presencia cercana, constante y llena de esperanza.
Nuestra misión se desarrolla en la Parroquia Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, una parroquia rural acompañada por el padre Luis Carlos Mejías, un joven sacerdote que ha abierto las puertas de su comunidad para que juntos podamos servir a las familias de las distintas veredas. Con él hemos formado un verdadero equipo misionero que trabaja por anunciar el Evangelio y acompañar a quienes más lo necesitan.
La coordinación de esta misión está a cargo del matrimonio conformado por María Fernanda León y Luis Miguel, junto a sus hijos. Originarios de Venezuela, fueron enviados hace tres años por el Diacono Vicente Blanco, fundador de la Fundación Charlene. Su presencia en Colombia es un hermoso testimonio de que la misión de la Iglesia no conoce fronteras: siendo venezolanos, hoy sirven con alegría al pueblo colombiano, llevando el amor de Cristo hasta los lugares más apartados.
Desde Estados Unidos, el diácono Vicente Blanco ha mantenido un acompañamiento cercano y constante a esta misión, brindando orientación, impulsando nuevos proyectos y gestionando recursos que permiten seguir creciendo al servicio de la Iglesia y de las comunidades más vulnerables.
Durante estos tres años se han dado pequeños pasos que han dejado una profunda huella en las comunidades rurales. La misión ha centrado sus esfuerzos en la evangelización de los niños, el acompañamiento a la vida sacramental, las visitas a las familias, el fortalecimiento de las comunidades y el servicio permanente a quienes viven en condiciones de mayor vulnerabilidad.
Para la misionera María Fernanda León, esta experiencia ha transformado profundamente su vida:
“Ha sido una experiencia maravillosa llegar como extranjera a estas tierras y, sin embargo, sentirme siempre en casa. La Iglesia Católica nos recuerda que no existen fronteras cuando servimos a Cristo. Cada capilla es un hogar, cada templo es una familia y cada comunidad que nos recibe se convierte también en nuestra casa.”
Uno de los momentos más significativos de este camino ocurrió durante el mes de abril, cuando el diácono Vicente Blanco visitó personalmente la misión en Colombia. Lejos de limitarse a acompañar desde la dirección de la Fundación, caminó junto a los misioneros por las veredas, se puso las botas, recorrió los senderos rurales y compartió el servicio con las comunidades, siendo un misionero más entre todos.
En esta visita también participaron gratamente, el Padre Gregory, de la parroquia San Jules, en Lafayette, Louisiana (Estados Unidos), y la misionera Michelle, quienes compartieron varios días de misión junto a las comunidades rurales, llevando esperanza, fortaleciendo la fe de las familias y animando a los voluntarios que forman parte de esta obra evangelizadora.
Al mirar estos tres años de camino, solo podemos dar gracias a Dios por cada persona que ha abierto las puertas de su hogar, por cada niño evangelizado, por cada comunidad acompañada y por cada paso dado entre montañas y cafetales. La misión continúa creciendo porque el amor de Cristo sigue llamándonos a salir, a servir y a caminar junto a quienes más lo necesitan.
La misión no conoce fronteras.